Por Virginia Patrone
Afuera es Madrid, es noche y llueve tanto. Suena Arbos de Arvo Pärt. Sobre la mesa a mi izquierda está La tierra purpúrea de Hudson. A mi derecha, clavada a la pared, una foto del Yacht Club de Montevideo de Ann Christine Wöhrl.
Petrona Viera me mira desde su autorretrato con los ojos enormes y la boca apretada. Creo que olvidé todo lo que supe sobre ella. Todo lo investigado, lo leído, lo observado. He olvidado todo. No, no todo; recuerdo, pero no sé qué recuerdo, o por lo menos no soy capaz de separarlo de lo que no leí, ni escuché. No soy capaz de separarlo de lo que la pintura de Petrona dice. Todas las citas extranjeras a propósito de Petrona, me demuestran que nada es extranjero en realidad, que, llegados a cierto punto, la única frontera es el misterio del otro.
Pienso en Petrona e inmediatamente después en la imposibilidad de oír. Imagino el silencio absoluto y permanente y entonces la dulce música que escucho parece un milagro. Pero Petrona es imagen y con lo primero que asocio su silencio es con Munch y sus gritos mudos. También pienso en el violín de mi tía Carmelita. Veo entonces un mundo femenino y este universo que atisbo es un sitio de imposibilidad. Y Petrona se define por su imposibilidad de oír, que es la razón de su imposibilidad de comunicarse corrientemente con el mundo exterior.
Dice el protagonista tartamudo de El pabellón de oro de Mishima:
“¿Puede resultar extraño que un tal muchacho, mal dotado por la naturaleza y en forma irremediable, llegue a imaginarse que es un ser secretamente escogido? Yo tenía el presentimiento de que, en alguna parte de este mundo, me esperaba una importante misión acerca de la cual no tenía aún ninguna idea […]”.
¿Podrá haber sentido Petrona algo semejante? Es posible. Al menos debemos suponer que hubo de esforzarse por vivir en un estado de exclusión, separada debido a la falta de una dimensión, de un ámbito normal de relación con la realidad. Petrona tuvo necesariamente que mirar más, tuvo que intensificar la mirada. Convertir en un espejo su cara de boca muda que no devuelve palabras, devuelve miradas. Y Petrona pinta y así se vincula con el mundo, cumple una misión, y puede sentirse un ser escogido. Y como Petrona es mujer, las imposibilidades se suman, se tejen unas con otras, y seguramente su mundo se hizo pequeño. Esto es lo que veo a través de su pintura. Un ámbito doméstico y femenino. Las telas son muy blancas y tienen olor a sol. Olor a almidón planchado. Perfumes domésticos que Petrona transformó en imágenes. Ella no podía oír el roce del pincel sobre la tela. El sonido familiar que guía a mi mano cuando adquiere el ritmo adecuado, era desconocido para ella. Pero tal vez la textura de la tela tuviera más secretos para Petrona.
Antes de seguir con su pintura volveré al pequeño escenario que fabrico para imaginar allí al personaje Petrona. Vuelvo también ahora a mi tía Carmelita, entre otras cosas porque Petrona y Carmelita eran contemporáneas. Y si bien para nada conocí el verdadero escenario en el cual Petrona desarrolló su vida, sí alcancé a conocer el que rodeó a Carmelita. Y ambos ámbitos tienen mucho en común. Carmelita era la hermana mayor de mi madre y le llevaba muchos años. La suya era también una familia numerosa, como la de Petrona. Mientras la familia Viera habitaba en el barrio de la Unión, en una casa quinta, grande y rodeada de jardines, los Mocchetti –mis abuelos– estaban afincados en El Prado en una casa de similares características. Las hijas mayores de ambas familias estudiaban violín, piano y dibujo. (También son las dos hijas menores, en los dos casos, las que logran “salir” del hogar años después de la muerte del padre). El padre, en cada una de las dos familias, era un hombre inteligente, de carácter fuerte, exitoso y bien relacionado. Feliciano Viera era abogado, se dedicó a la política desde joven, tuvo una intensa actividad pública y llegó a ser presidente de la República. Mi abuelo era industrial. Ambos se reunían frecuentemente con otros personajes relevantes del Montevideo de la época, políticos, escritores, en fin, hombres importantes. Pero no creo —en el caso de la familia de mi madre estoy segura— que las mujeres participaran en estos encuentros. El mundo femenino estaba acotado, cerrado dentro del ámbito doméstico. Carmelita y Angélica, las dos hermanas mayores de mi madre, estudiaron música en el Conservatorio, hicieron arduos y rigurosos años de práctica y llegaron ambas a laurearse con altos honores. Sin embargo, aquellas bellas flores musicales, siempre primorosamente vestidas y peinadas, no asomaban sus fragantes e inteligentes cabecitas fuera de la casa. Mi abuelo no lo permitía. Seguramente era impensable para él. Mi abuelo José Ángel y el doctor Feliciano Viera, fallecieron ambos, con menos de sesenta años, en el mismo año de 1927. Las dos familias se hundieron económicamente luego de estas muertes. Yo conocí en mi infancia una casa, que no era ya aquella, la gran casa, sino otra más modesta, en la que se veían aún restos del pasado dorado, un hogar que albergaba aún a algunas hermanas solteras maceradas en historias viejas, frustración y sueños incumplidos. Y no puedo evitar pensar que el escenario que construyo en base a mis recuerdos es adecuado para situar a Petrona, en él.
Era muy difícil ser mujer entonces, y esos buenos hombres, esos padres buenos, eran —tal vez a su pesar— muy difíciles, también. Entonces ocurre que veo con claridad el mundo femenino, doméstico, los patios de claraboya, las cabezas inclinadas, sobre la lectura unas, sobre la costura otras. Veo el sol que entra por las ventanas, los pedacitos de hilos de colores en el suelo, los retacitos de tela, siento el olor a ropa planchada. Puedo ver a las niñas jugando en los jardines y oler las sombras frescas de las parras. Sin risas, sin palabras, sin canto de pájaros; eternamente en silencio para Petrona. Y es un mundo que, si bien llega indefectiblemente a su fin un día, mientras existe es desesperadamente estático, es un lugar carente de sucesos. Las mujeres que lo habitan, con el paso del tiempo, van limándose, raspándose y gastándose entre sí, incapaces de salir, imposibilitadas de hacer. Yo creo que Petrona pinta, pinta todo esto para exorcizarlo, porque a pesar de que seguramente la conmueve, debe intentar salvarse. Porque si enamorarse, apasionarse o casarse, era casi imposible para aquella clase de jovencitas tan guardadas bajo llave, para una joven sorda sería imposible. Por lo menos imposible en sus propios términos. Si el dedo de Dios no la hubiera señalado ya al inicio de su vida, dejando su severa marca en ella y donándole la adversidad como valor, ¿qué habría sido de Petrona? Enciendo las luces de mi teatro diminuto y me propongo: Petrona crece sana y completamente normal, Petrona no es sorda. Conoce un día a un caballero oriental que se prenda de sus grandes ojos. Él la corteja, ella lo ama, pasean por los mismos parques, las mismas playas que la otra Petrona. Los ojos de esta Petrona ven lo mismo que los ojos de la otra, pero su boca habla, sus manos se quedan quietas. Se casan y tienen varios hijos. Tienen buena suerte o mala suerte, pero ya sea la tristeza o bien la alegría, ocupan todo su tiempo, cumplen su propósito. Entonces yo no estaría escribiendo esto. O tal vez sí.
La pintura de Petrona es tan viva, que parece decir que fuera de la pintura para Petrona todo es imposibilidad. Cuando intenté pintar como ella descubrí, en primer lugar, hasta dónde es imposible para mí separar a Petrona del planismo, de Cúneo —el Cúneo de su etapa planista— y de Laborde. Para llegar a Petrona tenía que pasar por ellos, y al llegar a ella, al meollo de su pintura, a lo que le es esencial, llegué a un lugar más vital, menos bello, logrado con más padecimiento, un lugar en el cual todavía se percibe una lucha latente debajo de las más aparentemente plácidas imágenes. En su pintura hay una dificultad de ser y una fuerza al hacer que recuerdan a Van Gogh. Cuando Eduardo Dieste dice:
“Sorprenden como revelaciones […] las composiciones de la señorita Petrona Viera, entendidas con una simplicidad de forma y de tonos sumamente audaz, fuerte y exquisita a un tiempo, con el peligro, sin embargo, de caer en una seductora falsedad decorativa […]”
Se equivoca completamente al hablar del riesgo de seductora falsedad decorativa. Yo creo que Petrona nunca corre ese riesgo, mientras que en algunos de sus ilustres colegas masculinos aquella condición salta a la vista. Igualmente debo aclarar que tal seductora falsedad está presente en muchos de los grandes pintores de la historia, y todos disfrutamos de ella en grande: el Veronés, el inmenso Tintoretto, incluso Tiziano. Pero esa es otra historia que no viene al caso aquí.
Es claro que Petrona no cruzaba una pierna, cómodamente sentada en un sillón para recibir con modestia suficiente el trato de Maestra por parte de colegas y admiradores. Se ve en su postura tensa en las fotos de taller, se ve en la fuerza de su obra y en el amoroso cuidado con que ordenó y empaquetó sus cuadros cuando supo que pronto moriría, que Petrona pintó por su vida. Hay orgullo, sí. Orgullo de misión, de tarea cumplida. Pero no hay postura, en cambio hay realidad, realidad. Sus niñas son certidumbres, verdades, son gordas, torpes, sin gracia o ridículamente graciosas, como son las niñas vistas por las niñas. Su pintura es verdaderamente femenina, en el sentido de vista desde lo femenino, con una mirada igual de rigurosa y entrenada que la de sus colegas masculinos, pero natural y esencialmente distinta. Teniendo una gran fuerza, carece de toda arrogancia. No hay golpes en el pecho ni falsas modestias. Sus paisajes son sólidos, escuetos y minerales, de materia imperturbable trasladada a pedazos sobre la tela. No parece un espacio penetrable para la artista, es como un telón pétreo, sin senderos, para no ir más allá de lo que alcanza la vista. Y tienen —a la luz del sol— una melancolía mansa y desesperanzada, como si fueran vistas por un ser intangible y sutil para quien su materialidad es excesiva; y como tal la representa. Y sobre todo hay una luz que indudablemente es la luz de Montevideo, y el color en esa luz. Inútil decir más sobre esto, es algo que se ve o no se ve. Algo propio de la pintura uruguaya que se truncó un día, lamentablemente.
¿Por qué la pintura de Petrona me habla de vida inseparable de la pintura en sí?
¿Cómo separar su vida de su pintura? No es posible en su caso. ¿Es posible en algún caso? ¿No son acaso tan diferentes Rubens y Goya en su vida como en su obra? En fin, espinoso tema que no aspiro a esclarecer. Yo profeso la convicción del misterio como alimento del arte y de la vida.
Madrid, febrero de 2006


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