Ella existe de dos maneras, como Aurelia y como Aurora. Ambas estuvieron muy ligadas a mí en distintas épocas. A Aurelia la admiré. Me llevaba cuatro años y podía hacer aquello que yo tenía impedido: tener un lugar propio para vivir sola en total libertad.

Después de la muerte de su madre, el único familiar que le quedó fue Vladimiro, un hermano bello y excéntrico, a quien amó y odió en forma apasionada. Y con quien nunca pudo convivir. Del padre Aurelia conservaba recuerdos nebulosos, porque dejó de verlo a los seis años. Daban vueltas en su memoria algunas imágenes que repetía con frecuencia en los divagues de las madrugadas. Como la de un perro que se les abalanzó gruñendo y mostrando los dientes. Ella gritó y quedó paralizada por el terror. Su hermano, en cambio, reía. Concluía diciendo:

-En esa escena ya estaba el futuro: Vladimiro divirtiéndose y yo aterrada.

Pocos fueron los momentos melancólicos de nuestras charlas. Aurelia mantenía su sonrisa optimista y las horas pasaban imaginando un futuro en el que ella sería una buena actriz y yo estaría recorriendo el mundo. Cada tanto nos encontraríamos para alimentar una amistad resistente a distancias y ausencias. En ese vértigo de los recientes 20 años de Aurelia, ocurrió que el hermano resolvió ir a Mendoza a trabajar en un gimnasio. Tendrían que dejar el departamento que les prestaba un amigo.

Sin alterar su sonrisa, Aurelia alquiló una pieza al final de un pasillo color arena, donde el baño compartido tenía dos vidrios rotos en la puerta. El día que se mudó, su ánimo osciló entre la euforia de sentirse libre y un rencor sordo hacia el ‘traidor’ de su hermano. Compró cortinas y plantas. Un hornito eléctrico le servía para preparar comidas en un rincón al que ella llamaba cocina.

Un día Aurelia mencionó a Jorge, un empleado bancario al que conoció en el subte. Lo había invitado a cenar.

Tiempo después me anunció que se casaría con Jorge porque la Biblia ordena: “Creced y multiplicaos’. La escuché asombrada. Por esa época, Aurora empezó a dar vueltas en mi cabeza, aunque la que no dejaba de asombrarme era Aurelia, corriendo permanentemente los límites de su vida.

Se casaron y cuando nació Paula consiguieron mudarse a un dos ambientes. Por teléfono me había comentado que se trataba de un lugar chico. Fui a conocerlo. Resultó tener un recibidor de no más de un metro cuadrado, un dormitorio en el que cabían la cama matrimonial, una cómoda y dos mesitas de luz y en un ángulo, una especie de nicho que Paula ocupó algo más de un año, hasta que lo compartió con su hermanito Gabriel. Sin que se borrara de su cara la reluciente sonrisa, Aurelia comentaba que la cama era el ‘patio’ donde jugaban sus hijos. Si el clima lo permitía, llevaba a los chicos a tomar sol a un espacio verde junto a las vías del tren. Ella había tenido que dejar su puesto de vendedora en una tienda, pero luchó dos años contra las enfermedades de los chicos y las limitaciones económicas y continuó estudiando para ser actriz. Hablaba de Cunell, de Nocera, de Chiqui Laurenz, de Susana Rinaldi, de Julio De Grazia como de un Olimpo fulgurante que opacaba mi quinto año del Colegio Normal.

El precario equilibrio doméstico sostenido por ella y Jorge para ocuparse de los dos chicos, se rompió la noche en que volvió a su departamento y no los encontró. La vecina que se hacía cargo de los chicos hasta que Jorge volvía del banco la estaba esperando.

-A Paula le subió mucho la temperatura y empezó a temblar tanto que me asusté y lo hice llamar a su marido al banco.

-¿Por qué no llamó al médico?

-Porque me pareció que usted o Jorge tenían que hacerse cargo.

-¿Ahora dónde están?

-Su marido la llevó a la salita y de allí fueron al Hospital de Niños. Habló por teléfono al almacenero. Vino el hijo y me avisó.

Jorge volvió a la mañana siguiente con los ojos enrojecidos. Llenó cajas, bolsos y se negó a hablar con Aurelia. Cuando metió los bultos en un taxi y se fue sin decir dónde, Aurelia pensó que estaba enojado, que pronto se le pasaría.

Me lo contó semanas después, cansada de buscar a Jorge en el banco, donde no le decían a qué sucursal lo habían trasladado ni le daban el nuevo domicilio. Aurelia hizo
la denuncia a la policía solicitando el paradero de su familia. Lloró convincentemente y le prometieron ayuda.

Finalmente, Jorge dio señales de vida. Se comunicó con la vecina que había cuidado a los chicos y citó a Aurelia en una confitería del centro. Le dijo que Paula estaba bien, pero que el ojo derecho le había quedado desviado ‘para siempre’, acentuó. Le dejó dibujos que sus hijos le mandaban y le aseguró que pronto volverían a la normalidad, que necesitaban tiempo para superar lo que habían vivido.

Aurelia quería ver a sus hijos.

-¿Cómo está Gabriel?

-Está bien, dentro de todo, juega, se ríe con Paula.

Jorge miró su reloj, se puso de pie y aseguró:

-Nos volvemos a ver la semana que viene. Le aviso a Elvira como esta vez. ¿Seguís yendo al Conservatorio?

-Por ahora sí. Después, no sé.

No hubo segundo encuentro. A través de la vecina, Jorge se despidió y le rogó que no los buscara. Una empleada del banco la fue a ver para decirle que Jorge estaba en una sucursal de la Costa pero no sabía cuál.

Aurelia se mudó a una pensión de la calle Entre Ríos, en Buenos Aires. Consiguió trabajo en una agencia de turismo. No habló más de seguir estudiando.

Yo había empezado la carrera de Letras en La Plata y nos encontrábamos las pocas veces que iba a visitarla. Verla cada tanto alimentaba al personaje de una novela, en parte inspirado en ella, a quien puse de nombre Aurora. La imaginé después de varias parejas naufragadas en el mutuo rencor, tratando de mantener una relación con Enrique, casado con Lily, una odontóloga dedicada con esmero al cuidado de dos hijas, una perra, una tortuga, un loro y dos gatos, que, decía Enrique, lo había encerrado en una rutina vacía y asfixiante. Desgarrado hasta las entrañas decidió separarse de Lily la noche que permaneció en la cama con Aurora, tomando vermouth directamente de la botella, comiendo unas papas fritas duras y unos maníes cuyas cáscaras agrupadas en el suelo parecían continentes que ellos competían en nombrar. Permaneció en esa cama el día entero. El tiempo pasaba lento sin Aurora, que trabajaba hasta tarde y durante la 0noche se quedaba en los cafés con el elenco de una cooperativa que estaban formando.

Quieto como un muerto, escuchaba los ruidos de la calle, miraba el desplazamiento de la luz sobre el piso y olía el hedor a semen y traspiración de las sábanas y de su propia ropa. Sólo se levantó para ir al baño. Ya de noche decidió salir a la calle. Iba decidido a poner fin a su matrimonio. Lo hizo y se quedó a vivir con Aurora.

Tiempo después, se sentía en un callejón sin salida. Extrañaba a sus hijas. Al tomar el café de malta que Aurora le ofrecía, añoraba los suculentos desayunos que compartía en familia. Mientras le alcanzó el dinero, desayunaba en cafeterías del centro, rodeado de gente que se dirigía a sus trabajos. Cavilaba. No podría volver con Lily pues ella no lo recibiría. Él mismo no estaba dispuesto a hacerlo, por más que lo deseara. Lo frenaba recordar la indiferencia de su mujer escuchando el estudiado discurso con el que él proponía la separación. No sólo fue indiferencia, sino desprecio liso y llano. En todo momento se mostró impaciente por terminar esa conversación. Miró varias veces la hora en el reloj de pared de la cocina. Cuando él, con sorna, preguntó:

-¿Qué pasa? ¿Estás apurada?

Ella no dudó en contestar:

-Es la hora del consultorio. Ya debería estar allí.

Fue hasta el dormitorio a buscar el bolso donde llevaría su ropa. Regresó a la cocina y ya Lily había desaparecido. Resurgió, vestida con el uniforma celeste que usaba en la consulta, para decirle:

-Vas a tener que dejar el auto, acordate que es de papá.

Y salió sin agregar una sola palabra más.

Como Aurora pasaba de un casting a un ensayo o a reuniones con amigos, no le extrañó su ausencia cuando llegó al monoambiente donde a partir de ese día viviría. Y donde pasaría muchas horas porque sin el auto ya no pudo seguir trabajando en Knorr. Fue un alivio. Y vender golosinas en los colectivos, un aprendizaje. Le había conseguido esa changa un integrante de la cooperativa de Aurora. El tipo sostenía que la calle era la mejor escuela para un actor. Allí encontraba los caracteres más dispares e interesantes y los podía estudiar.

A partir de esta situación de mi novela, quedé trabada, no sabía cómo seguir. Después de haberlos dejado abrazados en la cama de Aurora, tapados con una pesada manta que no abrigaba y unidos por llamaradas de pasión, volaban en mi imaginación hasta estrellarse, hartos el uno del otro, contra la vidriera de alguna pizzería de la calle Corrientes.

Decidí abandonar la escritura de lo que yo llamaba ‘el engendro’. Pero cuando veía alguna página del cuaderno, que también usaba para tomar apuntes de las clases, un impulso me movía a continuar. Pensé que encontrarme con Aurelia podía ser la posibilidad de reiniciarla. Nos reunimos una tarde de sábado. Por teléfono anticipó:

-Me voy de viaje.

Había conocido a Héctor, un mago, con el que irían a España donde él tenía parientes. Ella sería su ayudante. Ironizó:

-Pararme frente al público en un escenario lo sé hacer.

La imaginé yendo de un pueblito a otro con las cajas mágicas.

No me atreví a preguntarle por los hijos. Acepté con fingida naturalidad esta nueva vuelta de su destino.

-Tendrás oportunidad de lucir tus habilidades literarias contestando el torrente de mis cartas- prometió.

En sus espaciadas noticias contaba que recorrer España y querer a Héctor no le dejaba más tiempo que para ‘empaparse de una felicidad armada día a día’. Y con una sonrisa todavía confiada, agregué mentalmente. Así fue hasta la mañana en que Héctor le pidió unas gotas de Paratropina porque se sentía descompuesto. Horas después moría infartado, en una precaria sala de primeros auxilios de un pueblito.

Al finalizar el entierro, ella ‘era un habitante más en la noche del dolor’ como decía, repitiendo la línea de una obra teatral. La noche terminó cuando entraron en la pieza de la pensión que realmente habitaba, Vladimiro y su mujer Sara. Los dejó hacer. Vendieron las cajas mágicas, pagaron las deudas de Aurelia y la subieron dopada al avión que la trajo de regreso. Aquí la acompañaron en sus borracheras y en los monólogos donde alternaba anécdotas de sus peripecias mágicas con nuevos proyectos.

Así pasaron semanas hasta que Vladimiro consideró que ya era hora de volver a la normalidad. Por mediación de unos familiares de Sara, Aurelia fue ubicada como recepcionista en una clínica.

Nos encontramos meses después. Como siempre, se adueñó de las palabras.

-Héctor apareció en mi vida como una felicidad que ya no esperaba. Mi corazón volvió a latir invadiéndome el pecho. El mundo fuera de mí vibraba con sonidos delicados, un canto celestial que se hizo terrenal con el primer beso. Fue un instante en el que me convertí en una llamarada. A partir de ese momento no nos separamos. Estaba tan enamorada que, todos los amaneceres, agradecía a la vida que él despertara a mi lado y en todas las puestas de sol, yo flotaba en la luz. Tanto lo lloré que mis párpados se desmigajaron. Ahora quiero integrarme a una comunidad de un centro planetario que se está formando en Córdoba al pie del Uritorco.

Le conté mis cosas. Me escuchaba desde un plano trascendental en el que nada de lo que le decía no le resultaba interesante, ni mis fracasos en el intento de formar una pareja, ni mi desconcierto profesional. No hice referencia a aquella novela que ella había inspirado. Me atreví a caracterizarnos como a seres a los que la vida había ido gastando junto con sus sueños y proyectos.

Ella escuchó en silencio, su cabeza inclinada hacia mí. Después habló:

-El verdadero sufrimiento de los seres humanos es ignorar cuál es la verdad y dónde está. La buscamos en el lugar equivocado. No hay vida ni muerte sino una gran respiración cósmica en la que somos porciones de una energía que vaga confusa. La vida es un absoluto. Voy a integrarme a esa comunidad porque necesito saber qué es ese absoluto. Espero, al menos, no equivocarme esta vez.

Mis palabras anteriores se habían volatilizado en el aire. Quedaron convertidas en algo insípido y anodino. Parte de mi existencia se me apareció hundida en un magma de trivialidades. Inútil había sido el esfuerzo de transmitir con mis palabras lo que podríamos llamar, mi universo. Sentada frente a mí la tenía a Aurelia, fugada hacia un absoluto mudo.

Cuando el taxi la dejó en casa de familiares de Sara, donde pasaría los últimos días antes de internarse en la comunidad, me acordé de una parte de la novela en la que Aurora, una mañana muy fría, caminaba borracha por la calle Independencia. Hablaba sola y lloraba después de haberse peleado con Enrique. Él le había dicho ‘burguesita intelectual’ y esas palabras la habían colocado en el lugar de lo despreciable.

Aurelia desapareció de mi vida. Nunca terminé de escribir la novela. No pude hacer de Aurora ni una pálida sombra de mi amiga.

Lidia Castellini