(Retrospectiva en AIX EN PROVENCE – 2023)

Max Ernst (1891-1976), nacido alemán, naturalizado estadounidense en 1948 y francés, diez años después, es un verdadero cosmopolita. Artista erudito y prodigioso experimentador, atraviesa el siglo de las vanguardias con una sed insaciable de creación y deja tras de sí una obra compleja, enigmática y muy personal. En constante búsqueda de lo absoluto y la libertad, rechaza las normas estilísticas y participa en 1919 del grupo Dadá en Colonia con Johannes Baargeld y Jean Arp, antes de unirse al grupo de los surrealistas, considerados los pintores de una realidad onírica en perpetuo movimiento. Negándose a sugerir cualquier certeza a través de su obra, Max Ernst no deja se hacer malabares con las representaciones de lo visible a partir de un repertorio de formas y contenidos, creó nuevas imágenes que multiplican las posibles combinaciones.

          La riqueza de su inventiva lo lleva a manipular con brillantez las técnicas y fuentes de inspiración. Considerado como el padre de las técnicas indirectas, su creación se materializa por los efectos calculados del azar, aunque sistemáticamente provocado, su pintura tan poética como emblemática, ofrece efectos de ilusión confusos. 

          Las técnicas indirectas como el collage que consiste en yuxtaponer los fragmentos de fuentes diversas, el frottage es pasar una mina de plomo sobre un papel colocado sobre una superficie rugosa. El rascador consiste en ralladores de colores que se colocan en una lona y se depositan entre varios materiales. Todas estas técnicas indirectas y otras, fueron utilizadas por el artista a lo largo de su carrera.

          Tan bien marcada por la tradición del romanticismo alemán, por la lectura de los grandes mitos y relatos, como por su interés por la filosofía, el psicoanálisis, la ciencia y la alquimia, la obra de Max Ernst transforma lo banal en poesía y trasciende la realidad en mundos mágicos y liberados.

          Su técnica evoluciona hacia pinturas al óleo a veces monumentales, revelando un marcado interés por el psicoanálisis freudiano y las imágenes del inconsciente. El tema del Eros, es, además una constante en el universo surrealista que eleva al Amor al rango de poder creativo. A lo largo de su vida, Max Ernst ha amado a varias mujeres con una personalidad fuera de lo común. Desde Louise Straus hasta Dorothea Tanning, pasando por Gala, Marie – Berthe Aurenche, Meret Oppenheim, Lotte Lenya, Leonora Carrington y Peggy Guggenheim, todas desempeñaron un papel primordial en su obra, influyendo y alimentándola. El abrazo físico es una imagen recurrente en Max Ernst. Los cuerpos entrelazados se convierten en extraños seres que a menudo se pueden comparar con pájaros, un símbolo obsesivo de libertad. Estas metamorfosis, más o menos palpables, evocan imágenes de un imaginario desenfrenado querido por los surrealistas.

          Max Ernst, como muchos surrealistas, consideró al juego como fuente de inspiración. Muy aficionado al ajedrez donde consideraba que el juego permite liberar la mente de todas las preocupaciones morales y deja espacio para la suerte. Fue descrito en 1959 por el escritor francés Georges Bataille, como un “filósofo que juega”.

          Después de un incesante vagabundeo Max Ernst finalmente, se encuentra en Seillans, en el sur de Francia, un lugar de reflexión y serenidad junto a Dorothea Tanning, su pareja por treinta y cuatro años. El artista elimina gradualmente los motivos reconocibles de sus obras y asimila a las formas de un ideal que con la edad intensifica su producción en obras de gran formato y colorido. En la obra “La fiesta de Seillans”, representa una fiesta campesina con los colores de la bandera francesa – azul, blanco y rojo, mientras que el verde evocaría a los elementos naturales que sirven de telón de fondo para esta fiesta. La multitud de criaturas que invaden caóticamente toda la superficie del lienzo, e incluso parecen extenderse más allá, tienen un aspecto molecular, aludiendo a la vida microscópica e intracelular que fascina al artista. Todo se entrecruza y se interpenetran en esta alegría verdaderamente cósmica

Mirta Salafia