“Un popolo innumerevole,

che non conosce misericordia;

e il suo rumore  è quello del mare”

Dall´Antico Testamento

En agosto, el sol invade y permanece en los cuerpos, en los sigilosos muros, detrás de las ventanas, en la profundidad de las grietas, en los intersticios de los empedrados. En uno de esos días cuando aún se celebraban las vacaciones del emperador Augusto, los godos entraron a Roma. 

    Pienso en escribir, mientras camino decidida por Vía del Pánicoen busca de un poco de sombra y de un bar para desayunar. Las mesas salen a la calle para dejarlas decididamente más angostas, las palomas persiguen mis pasos y buscan sin orden pero sin prisa la minúscula miga, el ulular de una sirena se acopla al compás de unas campanas. En un tiempo casi sincronizado llegan turistas apresurados, se acomodan y las sillas se desplazan como una orquesta de metales. Las voces en coro replican incesantes sílabas de un buongiorno, de un buen día o de un salve, auspiciando a la vez, salud y salvación. Son palabras que inauguran el día y nos celebran. Entre idas y vueltas, encuentro mi lugar. Una joven paquistaní me atiende con tranquilidad y hablando en inglés. Le agradezco en español y en italiano. Ella y yo somos un diálogo posible en la diáspora de estos tiempos.

   Mientras voy terminando mi caffélatte me distrae un escaparate de ropa que se distingue por su definido estilo kitsch, la mayoría de sus diseños llevan estampas. Un vestido tiene la tan usada cara de Einstein sacando la lengua sobre una tela de batista negra y blanca. Más allá, la cara de Brad Pitt con su  media sonrisa registrada y congelada en la espalda de una camisa de fondo rojo con delgadas rayas verdes y como cinturón, un centímetro de plástico amarillo, igual al que guardo en mi costurero de lata. Lo que más me gusta son los maniquíes de la vidriera que me recuerdan, con cierta nostalgia, a las modistas de mi infancia. 

    Me levanto para pedir un agua sin gas, a temperatura ambiente. Regreso a la mesa y busco el libro que llevo en mi mochila. Lo compré junto a unas fotos, en le bancarelle dei libri, detrás de los arcos della Piazza del Popolo. En una de sus páginas, marcada con el ticket de ingreso a una muestra sobre las máquinas inventadas por Leonardo da Vinci y materializadas por artesanos toscanos, dice que Roma “se debate en su propio territorio y no por la gloria sino para sobrevivir”.

  El sol comienza a molestarme y entonces me paso de una silla a otra, también de una idea a otra. Se me ocurre pensar que la cita bien puede referirse a los siglos que se suceden antes y después de la caída del Imperio, o tal vez a su presente. Roma no será eterna, sin embargo viene siendo desde su fundación, la referencia más precisa de la cultura del mundo occidental.

  El siguiente capítulo narra con detalle que en la primavera romana del año 410, ya se habla de mercado negro con precios exorbitantes. Se propagan diversas pestes y por falta de alimentos se suceden episodios de canibalismo. Los gemidos de la muchedumbre, en el circo, aturden las horas y los que no pueden escapar, son vendidos o se mueren por deshidratación. La población es asediada por los incendios, las violaciones, los robos. Las mujeres huyen de la barbarie de los godos y terminan, en el mejor de los casos, siendo entregadas a mercaderes orientales para ser confinadas a la vida de los prostíbulos. Es tal la disolución de la sociedad que no siendo más Roma la capital política, tanto la población supersticiosa y tradicional como la población pagana solicitan ritos oficiales con la participación de alguna autoridad. En la Basilica Papale Santa Maria Maggiore, la cual conserva la primitiva estructura paleocristiana, se encuentran en sus mosaicos descripciones de estas escenas desesperadas.

   Los pájaros están de fiesta, cantan desde un jazmín que se desliza de uno de los balcones que tengo sobre mi cabeza. Miro el reloj y es mediodía. Decido continuar leyendo, al menos, una hora más. Me alivio para soportar el calor con la ayuda intermitente de un abanico de tela de Agatha Ruiz de la Prada, regalo de una amiga. Por suerte, llega a tiempo mi almuerzo de la mano de un simpático senegalés con quien comparto un breve comentario en su perfecto italiano. Me detengo para volver a pensar sobre el tema de las transiciones históricas. En general, creo que son narradas de manera abrupta, acelerada, homogénea. Habría que dedicar más tiempo al estudio de los detalles casi imperceptibles de los momentos donde los cambios se suceden sin ser totalmente percibidos porque la destrucción se impone y la pérdida de lo conocido hace perder el sentido de lo que vendrá. Para seguir con esta línea de pensamiento, anoto en mi cuaderno que no debo olvidar volver al libro de Henri Pirenne. Me estoy distrayendo bastante porque no puedo dejar de escuchar la interesante conversación que sostienen dos mujeres, en la mesa de al lado. Vuelvo al libro para concentrarme. En realidad, el libro es una biografía histórica de un personaje femenino fundamental para comprender la trama sorda y transformadora que se va enhebrando en estos siglos particulares de la historia de Roma, de Europa y Oriente. Ella es Galla Placidia, nacida en Constantinopla, entre los años 388 y 393, hija del emperador romano Teodosio y de su segunda esposa Gala. Será emperatriz consorte de Constancio III, emperador del Imperio Romano de Occidente y madre de tres hijos, entre ellos, Valentiniano III, emperador de Occidente. Gala Placidia era media hermana de los emperadores Arcadio y Onorio, con los que mantuvo relaciones de amor y de odio.

    Su vida personal y política ha sido tan dolorosa como importante. A sus 20 años, termina viviendo en el ojo de un ciclón, en el momento más agudo de la crisis del mundo occidental, cuando llegan los bárbaros (los que no hablaban latín) para cancelar de todos los modos posibles, la cultura de la Antigüedad. Como prisionera de Alarico es expuesta al hambre, a la tortura y al deshonor. Es inteligente y sensible, observa y analiza sin descanso las ruinas y el desquicio de la ciudad. Escucha atentamente por las noches a los godos invasores, alrededor del fuego, contando a través del canto los acontecimientos de un pueblo que hacía mucho tiempo había abandonado su propia tierra y deseaba una nueva patria dentro de los límites de Roma. Casada con Ataúlfo en Narbona, se convierte en la primera esposa de sangre real de un extranjero, de un bárbaro al que parece haber amado, más allá de cualquier presunción. Su primer hijo muere a los pocos días de nacer. Luego de muchos años, sus restos descansan en el mausoleo imperial de la Basilica di San Pietro. A la muerte de su esposo, fue obligada a casarse con un general, llamado Flavio Constancio. Tuvo otros dos hijos y luego de varias acusaciones de haber servido a los godos, traicionando a Onorio como hermana y supuesta amante, fue expulsada de Ravenna y enviada al exilio en Constantinopla. 

  Placidia pensaba como los antiguos hebreos que las fuerzas del mal siempre llegaban del norte para traer la muerte y la destrucción. Disfrutaba de la poesía de Homero y de Safo, creía en el Estado y la supremacía étnica romana, sostenía la tolerancia religiosa pero guardaba estricta sumisión a la Iglesia Católica. Placidia encarnaba todos los mitos de Roma junto a la apertura a un nuevo orden, el incipiente mundo medieval.

  ¿Cuáles son los sonidos de Roma que todavía no somos capaces de escuchar? ¿Quiénes intentarán construir en ella , su nueva patria? ¿Habrá una “nueva Galla Placidia “para estar atenta y comprender este pasaje a lo desconocido?. Algunas preguntas en mi cabeza, cuando el sol cae a pico caminando sin sombrero por Via dei Coronai hacia Piazza Navona.

Mirta Salafia