“Japón, ese país del todo civilizado”
Jorge Luis Borges

Hiromi Kawakami (Tokio, 1958) es una de las escritoras japonesas más populares, reconocidas y premiadas del mundo. Impartió clases de biología y luego de la publicación de su primer libro de cuentos, Kamisana (1994) se dedicó exclusivamente a la literatura. Ha publicado los libros El cielo es azul, la tierra blanca; Algo que brilla como el mar; Los amores de Nishino; entre otros.

“A mí me gusta la belleza de lo triste y la tristeza de lo bello”, comentó Juan Forn en una entrevista realizada por Luciano Lamberti para Eterna Cadencia y es esto mismo lo que sentimos al leer «De pronto oigo la voz del agua», la última novela de Hiromi Kawakami.

Su estilo depurado, elegante y simple, pero cargado de imágenes sensoriales nos permite avanzar fascinados y entregarnos a una historia que se insinúa, que produce extrañeza, melancolía y, al mismo tiempo nos vuelve participes del duelo interior de sus personajes, de la hondura con la que se cuestiona, de la profunda necesidad de contención, devoción y amor.

Miyako y Ryo se reencuentran diez años después de la muerte de su madre y deciden instalarse en la vieja casa familiar, a la que no han regresado luego de aquel acontecimiento. El verano de 1969 se confunde con el de 1996, los recuerdos de la infancia con las emociones del presente, el aturdimiento tras el ataque con gas sarín en el metro de Tokio, en 1995, con la angustia que producen los sueños que tienen la rara capacidad de predecir el futuro.

Con excepcional sutileza la autora consigue penetrar en la naturaleza peculiar y solitaria de sus protagonistas, poco propensos a adecuarse a las expectativas del entorno y a definir qué lugar ocupar en el mundo.

La belleza y cierto contenido mítico se desprenden de esta novela y finalmente su autora consigue, con la pulcritud y originalidad que la caracterizan, nadar río arriba como los peces Koi de la portada, alcanzar una cascada, subirla y “brillar como si fuera una estrella”.

Gretel Bohoslavsky

“A fin de cuentas, nacemos y es como si en el mismo instante de venir al mundo nos abandonas en en mitad de una inmensa duna de arena blanca.

Eso me dijo Ryo un buen día.

No recuerdo si todavía éramos estudiantes o si fue después de la muerte de mamá.

La muerte de mamá es un punto de inflexión en mi memoria. Tal cosa ocurrió antes de su muerte, tal otra después. Es mi referencia cuando necesito verificar algo.

“Una duna blanca… ¿Qué quieres decir?”

Ryo titubeó, como si buscase las palabras adecuadas, pero no tardó en responder a mi pregunta: “Una gran extensión de arena salpicada de hierbas aquí y allá pero sin protección alguna contra la intemperie, totalmente expuesta a los peligros, un lugar abstracto, borroso, indiscernible”.

Hiromi Kawakami