“El color blanco, anda,

sobre una muda alfombra

de  plumas de paloma”

Federico García Lorca

Edgar Degas cuando hablaba de la pintura intentaba describir la complejidad de su sensibilidad frente a la luz para poder captar las diferentes atmósferas de los espacios y de los fenómenos. Un excepcional observador capaz de descubrir las cuestiones más sutiles y revelarlas en sus producciones más pequeñas, sea con la ayuda de la inclinación de una lámpara o acompañado de una luna llena. Repetía que pintar la naturaleza era demasiado fácil, que se debía pintar con el sentimiento de un criminal al cometer un asesinato, que la tarea requería de misterio, de fantasías. Nada debe parecerse a un accidente, ni siquiera un movimiento. Parece ser que el pintor no necesitaba de la claridad máxima para que sus personajes brillaran, sin embargo sus bailarinas o sus lavanderas deslumbraron, sin duda, por el uso del blanco que era el que sus pupilas entreveían o el que estaba en su representación creativa.

    En la historia del arte, se contraponen dos inmensos pintores en el uso de la luz, Caravaggio que no conoce la penumbra o por lo menos no la sugiere porque desconoce el criterio del “sfumato”, o los matices de Leonardo como de toda la escuela veneciana y lombarda y, pasa del lienzo limpio al tenebroso, en una lucha incansable por dejar atrás los modos del Renacimiento y dar espacio a una luz deslumbrante. Los sujetos de sus cuadros son trágicos y opresivos, sin embargo la materia de la pintura es fluida, lisa, plasmada de solidez y luminosidad. Las variantes cromáticas son pocas y perfectamente perceptibles a plena luz. Los colores que usa son muy pocos. El blanco y el negro son dominantes en contraste con los rojos, los amarillos y el azul. Caravaggio contrapone el color al diseño. Considera que el color es el que permite ver la luz y sumergirse en la sombra. El diseño solamente puede ser útil para producir el claroscuro necesario para modelar las formas. Con sesenta años de diferencia, se encuentra Vermeer, nacido en los Países Bajos, en la ciudad de Delft, un lugar donde se perfecciona la técnica de la pintura al óleo con diferentes variantes de barnices, pinceles y espátulas. Todas las actividades que requerían una continua búsqueda científica eran parte de la vida de Vermeer, desde la magnificencia de los instrumentos musicales, las ventanas con vidrios esmerilados, las estufas decoradas hasta los objetos menos significativos que se necesitaban para la limpieza de una casa. Sus pinturas revelan una vida ordenada, confortable, sobria, sagrada y, a la vez, sumamente laica. Vermeer pinta objetos domésticos, quietos con una materia grumosa y densa. El flujo de los grumos se concentra sobre puntos de colores donde la intensidad luminosa tiende a apagarse. Sus personajes son anónimos y realizan diversas actividades siempre en espacios interiores. Pueden posar simplemente con un objeto precioso como es el caso de la joven adornada con un aro de perla. Todas las personas u objetos se encuentran pintados con poca o escasa luz natural. Existen pocas obras de Vermeer donde pinta paisajes de su ciudad, los colores que utiliza para el agua de los canales o el cielo son espesos, casi impenetrables. La luz interviene de modo tal que coloca a la obra más al servicio de  un objeto decorativo que a la expresión narrativa de un artista. No existe para Vermeer el contraste entre la luz resplandeciente y la oscuridad absoluta. Es la luz del interior equivalente al aura, en una suerte de misterio metafísico que es interno y no externo al diseño.

    Celebrar el color es celebrar la luz. No es posible crear una obra de arte, especialmente una pintura que no se manifieste en la luz y que no sea hecha de luz. La pregunta sería, si toda la realidad está hecha de color y por tanto de luz en diferentes intensidades tanto en la naturaleza como en los objetos culturales, y la percepción viene entrenada en ese reconocimiento y entonces en el placer o en el rechazo de ciertas posibles combinaciones entre la máxima claridad y la total oscuridad, ¿será posible ser necesariamente como habitantes de la luz, parte o quizás autores de una gran obra de arte?

    Los colores tienen lugares asignados en la historia. Se utilizan para crear, distinguir, conmemorar, honrar, celebrar, recordar y gozar de la  belleza que provocan, tanto que Emily Dickinson siempre escribía sus versos vestida de blanco.

Mirta Salafia