“Nosotros no somos artistas, sino productores de vestidos.

La esencia de las auténticas obras de arte es parecer feas y volverse bellas.

La esencia de la moda es parecer lindas y volverse feas. No necesitamos genio,

sino mucho oficio y un poco de buen gusto”

Cocó Chanel

 

“Un buen modisto debe ser arquitecto de las líneas, escultor para la forma, 

pintor  para los colores, músico para la armonía y filósofo para la templanza”

Cristóbal Balenciaga

 

A más de un siglo de la legitimación del arte como producto o mercancía y al alcance de un público masivo, sea a través de sus circuitos de exposición, de sus espacios reales y virtuales de venta, tanto como de los distintos medios de publicación en manos de críticos, curadores, especialistas y periodistas, intentaremos preguntarnos y reflexionar sobre la relación que el arte sostiene con la moda partiendo del supuesto que tal relación, se encontraría en una posición transgénero.

Podríamos anticipar que este vínculo se entrama entre telas, a veces más opacas y otras más traslúcidas, no sólo porque ellas son el sustento material de algunas de las obras de unos y otros, sino porque las mismas serían oportunas para diseñar la metáfora entre las semejanzas y las diferencias en la producción creativa del conjunto. Esta relación también transita entre géneros, dado que desde lo conceptual se advierten múltiples articulaciones donde tanto el arte como la moda se comportan haciendo ruptura de sus propias identidades culturales para permear mutuamente.

Pierre Bourdieu en su libro “La Distinción. Criterios y bases sociales del gusto”,  considera que la obra de arte es un objeto que existe como tal en virtud de la creencia colectiva que la conoce y reconoce como obra de arte y que el campo de la producción cultural involucra no solo a los productores directos de la obra en su materialidad (artistas, escritores, etc.), sino también a quienes producen el significado y el valor de la obra: un conjunto de agentes cuyos esfuerzos combinados producen consumidores capaces de conocer y reconocer la obra de arte como tal, y agregaría que la obra sea perdurable en el tiempo. ¿Serían estas categorías válidas, todas, algunas para analizar los objetos que produce la moda? ¿Qué ocurre con la moda en relación con la obra de arte? Al pensar esta relación se entrecruzan diversas cuestiones que en apariencia o provisoriamente las distinguen y a su vez, las emparentan.

¿Son el arte y la moda creadores de belleza?; ¿son parte de la cultura visual al compartir el tema de la forma, el color y la textura?; ¿contienen por igual riqueza técnica y  conceptual?; ¿es la permanencia o lo efímero una propiedad que los distingue?; ¿será quizás la utilidad, la función y el valor económico lo más decisorio de sus respectivas particularidades?; ¿comparten el arte y la moda, “el aura”, al decir de Walter Benjamin?. Estas y otras preguntas son interesantes de intentar responder, en tanto y en cuanto, cada vez que avanzamos nos aparecen como necesarias y hasta justificadas respuestas para que el tema se considere, por un momento, resuelto. Sin embargo, a medida que vamos poniendo en discusión ciertas categorías de análisis desde distintas perspectivas disciplinares,  vamos convirtiendo en más provisorias e inseguras nuestras anteriores certezas, tanto en la validación de las respuestas como en la formulación apropiada de las preguntas.

Tanto el arte como la moda se despliegan en varios espacios comunes, desde los museos hasta los diferentes lugares abiertos que remiten a la historia o a la naturaleza, y donde asisten el público y los especialistas. Se desdibujan, cada vez más, las legitimidades de pertenencia específica para el desarrollo del campo del arte y de la moda. Comparten muestras permanentes o  temporales. Hay muchos museos del mundo donde se exhibe la moda, y otros creados especialmente para mostrar la obra de grandes diseñadores, es el caso de Balenciaga en España, Gucci en Firenze y Yves Saint Laurent en París y en Marruecos. Sobre este último diseñador,  en el momento que este artículo se está escribiendo entre Montevideo y Buenos Aires, en Francia lo están celebrando por sus sesenta años con la moda en seis museos: Centro Pompidou, Museo de Arte Moderno de París, Museo del Louvre, Museo de Orsay, Museo Nacional Picasso y el Museo Saint Laurent. En ellos se muestran los profundos lazos del modisto con el arte en general y con las colecciones francesas en particular. El sentido del color de Henri Matisse, la importancia del dibujo con Pablo Picasso o la energía cromática de Sonia Delaunay fueron algunos de los alicientes para que Saint Laurent las reinventara en la moda a través de sus líneas y colores. La muestra se extiende hasta el 15 de mayo del 2022.

Es posible que no toda la moda se comporte como un hecho artístico o como una obra de arte, del mismo modo, que el arte en sus diferentes momentos históricos ha ido corriendo la vara de su significación, al punto de cuestionar al propio canon y producir rupturas que han marcado un antes y un después.

El arte contemporáneo, más allá del arte pop, le debe a Andy Warhol la frontera entre lo eterno de la obra artística y lo definitivamente descartable. Inició su carrera como dibujante publicitario de algunas revistas, entre ellas Vogue. Se valió de las técnicas y las imágenes de la cultura de masas- las serigrafías, la fotografía y el estampado- llevando al espectador a la necesidad de reflexionar entre lo original y lo vulgar, entre lo genuino y lo masificado. Ideó el Factory Girl look, gracias a su musa Edie Sedwick. Sus objetos creativos fueron íconos de la moda durante los años 60, entre ellos, accesorios excesivamente grandes, vestidos trapecio en blanco y negro, ojos maquillados al estilo smoking. Él mismo tomó la iniciativa de diseñar vestidos con sus propias ilustraciones, convirtiendo a un elemento cotidiano en objeto de deseo. Y no ha sido menor en el mundo del arte que haya provocado este enorme desafío,  al contrario del concepto de la obra única  como una de las cualidades para ser incluida dentro del mundo del arte, Warhol dejó una de las más preciadas herencias, la producción en serie de la obra de arte.  La moda le rinde culto y reverencia, al punto tal que cuando se cumplieron los noventa años de su nacimiento, en el año 2018, las grandes casas de modas lo recordaron integrando su rostro y su firma en grandes colecciones de ropa, calzado y bolsos. 

En las preguntas que nos formulamos al comienzo, hay una marcada tendencia a relacionar cuánto de arte hay en la moda y no cuánto de moda hay en el arte. Desde la perspectiva de la moda, como diseño de un momento transitorio y más apegado a la artesanía que al arte, es necesario intentar validar su campo de expresión y desarrollo en el mundo de las bellas artes, tal como ocurrió con otras disciplinas que debieron forzar  un nuevo marco teórico para integrarse como disciplinas artísticas. Sin más, la enorme transformación que produjo la fotografía y el cine, a comienzos del siglo XX.  Sin embargo, existen diferencias entre el aficionado y el artista, entre la primera foto o el primer celuloide y sus incontables reproducciones, entre el acto creativo y su intención artística. 

¿Cuánto de moda hay en el arte? Una pregunta retórica que dejaremos para reflexionar en otro momento. Provisoriamente, podríamos decir que el mercado, el diseño y la creatividad están en el centro de esta relación en donde el arte y la moda circulan por un universo común, compartiendo casi los mismos gestos y consumidores,  donde por momentos no sólo se visten con el ropaje del otro, sino que se atraviesan para dejar de ser quienes fueron e inventarse una nueva identidad. 

Mirta Salafia