«Cada lectura se realiza en el espacio entre el texto y el lector.
Mientras una persona lee, su narrador interior, la voz que todos
y cada uno llevamos en la cabeza, se suspende de manera
temporal, reemplazada por la voz o las voces del texto.»

Siri Hustvedt

    Escribir y reflexionar sobre la lectura como acción profundamente humana, libertaria e incierta, me compromete a no dejar de mencionar brevemente, algunas referencias históricas sobre la práctica de la lectura en relación con la escritura, su soporte y edición. Para ello, podríamos tender un arco desde las tablillas de Kish, en la antigua Sumeria -3000 a.c.- hasta la pantalla de Microsoft, en la actualidad. La escritura es inventada al servicio de la memoria y con el propósito de hacer respetar los contratos entre las personas. Se inicia con la contabilidad de las cosechas, de los alimentos e intercambios comerciales, luego le sucederán las escrituras legales, épicas, míticas y religiosas. Mucho más tarde, llegarán los textos referidos a la historia, a la literatura y a las ciencias.

     Hasta la invención de la imprenta, los libros se copiaban a mano y era bastante difícil conservar la tablilla fuera de arcilla, de madera o de marfil, como los textos escritos en papiro o en pergamino. El papel aparece en la Edad Media. El rollo es sustituido por el códice que va acercándose al libro por su forma rectangular y sus hojas cosidas.

     Se van encontrando con mucho esfuerzo, tiempo y divergencias, la manera de separar las palabras, de crear los signos necesarios para sugerir la organización y entonación de los textos, dado que, entre otras cuestiones, la lectura era una actividad realizada, únicamente, en voz alta. Por lo tanto,  había un único texto, un solo lector y varios oyentes. Más tarde, llegaron los signos de puntuación, el uso de las mayúsculas y la invención de las minúsculas. Por último, se agregaron los capítulos por materia e índices para la búsqueda y el acceso directo a la información. A mediados del siglo XV, comenzó la divulgación, la difusión de los libros y la posibilidad de acceder a ellos como objeto privado, para conformar la biblioteca particular, la consulta voluntaria y la lectura silenciosa.

     A partir del siglo XVIII, y más aún en el siglo XIX, se extendió el acceso al aprendizaje de la lectura y la escritura, por tanto el acceso a la alfabetización, a través de la educación pública. La escuela impuso desde su propuesta didáctica un modelo único, codificado y controlado de la lectura y se diferenció tanto de las diversas comunidades lectoras familiarizadas con anterioridad con la cultura impresa, así como las constituidas por los recién llegados al mundo de lo escrito: los niños, las mujeres y los obreros. Esta diversidad de prácticas lectoras condujo a reforzar, según Roger Chartier, los elementos de los primeros siglos de la modernidad, al multiplicar los productos impresos dirigidos a los lectores populares: colecciones baratas, publicaciones por entregas, revistas ilustradas, literatura de estación. En consecuencia se propagó la profesión del editor distinguiéndose de la profesión del librero tanto como del impresor. A partir de una economía de mercado surge un nuevo público lector que se relaciona con una amplia oferta de nuevas propuestas editoriales. Comienzan a legitimarse en la difusión y profundización de las prácticas lectoras de la población, en general, aquellos espacios que denominaría “instituciones lectoras o de la palabra”: las bibliotecas públicas, los ateneos y los círculos. Fueron estas instituciones entre otras, las que permitieron junto a la educación universal, la difusión y la apropiación de la cultura escrita y de la lectura durante el siglo XX.

     Las prácticas simbólicas como la lectura y la escritura, siempre siguieron la misma dirección a través del curso de los tiempos. Se iniciaron desde las clases sociales más altas a las menos favorecidas y pobres; desde los varones a las mujeres y, fueron éstas las que necesitaron muchos siglos para poder acceder a la cultura letrada. Podemos afirmar que hasta fines del siglo XIX, las lecturas para las niñas y las mujeres se referían a las cuestiones religiosas, domésticas o narraciones al servicio de una trasmisión alegórica. Se ejercía un verdadero control sobre las lecturas femeninas, separando desde el prejuicio “las buenas de las malas lecturas”. Del mismo modo, las mujeres escritoras intentaban escribir como lo hacían los varones y, en general, ocultaban sus nombres con seudónimos masculinos. Aún queda pendiente por parte de los varones, la lectura de la literatura escrita por las mujeres.

     Qué es la lectura y dónde se ubica en relación con los intercambios múltiples entre escritores y lectores. Leer es comprender y dar sentido, que por otra parte cuando leemos deberíamos entender como afirma Siri Hustvedt, que la lectura es una forma normal de posesión de una persona por otra. [Que] la historia que se lee está impregnada de las huellas de otro ser humano vivo, que no se encuentra físicamente en ella, pero cuyo aliento y existencia están presentes en los ritmos y los significados de las palabras que llenan la página y que se encarnan literalmente en el lector, se incorporan a su ser biológico dando lugar a una mezcla de los dos. Leer es una actividad extraña y si bien las palabras son siempre las mismas, el cuerpo, las situaciones, las experiencias y los prejuicios de sus lectores varían. Del mismo modo que cada lector, lee un mismo y particular texto, podemos decir que cada vez que se lee se establece un vínculo diverso no solo con cada lectura sino con la misma lectura, a través del tiempo y de sus diversos soportes. Esta sensación de incertidumbre durante el recorrido de la acción de leer nos remite a aquello que Lacan define como lo femenino en contraposición a la femeneidad.

     Lo femenino tiene que ver con un lugar concernido por el vacío, por la ausencia de referencia y lo ilimitado. En ir más allá del Padre y de los referentes fijos que conforman la neurosis de cada quien. Implica vincularse con el vacío. 

     Este acto de leer, no importa cual sea nuestro género, es un acto femenino, es hacer algo con lo que no hay, con la contingencia de la letra escrita por los otros y nosotros.

Mirta Salafia